viernes, 22 de septiembre de 2017

Y SIGO AQUÍ

Y SIGO AQUI



Y sigo aquí
asomada a la ventana de la espera,
de este inmóvil presente de dudas estancadas,
anhelando la llegada de otra nueva tierra.
En mi cabeza,
invento aires de ínfulas promesas
cuyo martilleante estribillo mecánico
tararea incesante un canon llamado “vida nueva”.


Por horizonte,
una barrera invisible infranqueable
de cielos azules infinitos
donde a veces las nubes juegan “su juego de las formas”
retando a mi lejana imaginación de niño
a perder el tiempo en cosas importantes.


Por frontera,
enanos cerros me acorralan,
como grandes K2 que me impidieran
escapar de este valle herido de muerte
por tres largas cuchilladas donde escapa el agua clara inteligente,
hasta un océano de verdes suertes residuales.


Mi paisaje,
un ejercito de altivas garzas de amarillo acero,
obedientes frios girasoles,
desviando sus cabezas al mismo cardinal punto.
Los días que el viento sopla de poniente,
bailan para mi un fragmento del lago de los cisnes.


Más allá,
grises moles absurdas de cemento,
alineadas en filas ordinarias
que la naturaleza jamás hubiera consentido;
pequeñas cajitas de cerillas
donde se clasifican las vidas de la gente
y se acumulan las vanidades de la opulencia de los hombres.



En el abismo que forma mi paisaje,
pequeños seres diminutos,
cabezas con patas obsesionadas
en recorrer mi calle en un tiempo preciso;
extraños animales que dejaron en su estupidez,
de guiarse por sabios instintos.


Y en esta cárcel,
construida con supuestos nobles materiales,
estoy sitiada por la inercia y la costumbre,
vencida por la seguridad de lo seguro,
cegada por la luz del compromiso.
Solo el olor que sube a tierra húmeda,
cuando algun chaparrón desluce el paraiso;
ese olor a libertad ansiada,
me hace soñar con otras lejanas tardes
que antes yo ya habia vivido.
Tardes eternas con infinitos dulces mares
e inmensas playas donde morir contigo.


Al atardecer,
negros pájaros vienen a posarse
en el alféizar que saben que domino;
curiosos se entretienen contemplándome
y en sus atentos ojos descubro su intención
de lanzarme migitas despacito.

martes, 5 de septiembre de 2017

FUGA Y DERRUMBE









FUGA Y DERRUMBE


Doy hueco oscuro
al amor que me hostigaba,
la sombra negra
ya no repta tras mis pasos.
En mis pulmones,
el alivio del suspiro
guerreando con mis ojos insistentes,
recordatorio febril de todos tus detalles.

Me daña el aire
al aprender a respirarle.

Tu fragancia
me confirió presa de la carne.
Ahora añoro las huellas de tus dedos;
caminantes proclives de mi sima,
deudores del placer que yo ofrecía,
estambres de azahar en las mañanas.

Invoco a un nuevo satanás
que me eleve hasta los cielos.

Proclamo a esta ruina,
reina de rabias y amarguras.
Solo el procaz destello que inventan las luciérnagas,
Por un momento sol
En el jardín donde pasean mis dudas preferidas
salvaguardan a mi cuerpo de ser codiciado
por la inquina del murmullo ajeno.

Presiento un ángel
volando en mi venganza.


La noche
viene a contemplarme,
tenebrosa vigía de mis culpas.
Mi oscura madre me brinda su regazo
y admito someterme a su negra disciplina.
En su vigilia muero
inmersa en la opacidad de algún instante;
pues débil por amor
soy ahora mansa.

Recurro a otra boca,
asesina de mi vergonzoso llanto.

Me duelen los lugares que habitaste,
fingiendo en sus rincones
que me amabas.
Ahora duermo apoyada en el corazón de Nadie;
elocuente contestador de mis soliloquios,
amigo íntimo de mis secretas vanidades.

Visualizo a otro mortal dios
descendiendo hasta mi infierno.

Tu esencia,
tormenta en las mañanas de mi mente,
quién incapaz de espantar a tus promesas,
inventa un calambur
con tu perenne nombre.

No cesa el viento de empujar
a las campanas cuando tañen.


Cansada de andar entre tus pautas,
al abrigo de tus férreas enseñanzas arrogantes,
acudo ilusa a orar al dios de la elocuencia
con dádivas de frases en mis manos,
con ofrendas de sílabas de amor,
que alumbren de sentido mi vital poema.

La tarde viene a contemplarme
y absorta,
me llora en mi ventana.

Todo se torna apenas importante,
la vida huele a niebla de noviembre.
Un camposanto se ha instalado en el paisaje de mi alma,
y los días
ocultos en sus tumbas,
son el fruto de esta cosecha del presente.

Hojas caen del árbol de la nada
muertas por dos veces.

Sobras quedan del hombre sostenido,
por mi andamiada de palabras
pronunciadas tras espejismos de macabro éxtasis;
que jugó con las miserias de mi mente,
que degolló al pájaro cantor de un solo golpe,
que olvidó a la niña sentada en algún parque.

Las fuentes del placer se han secado,
tu sequía las protege.



Conservo el recuerdo de tu brazo,
cuyo ángulo convexo
fue anclaje férreo de mi cuerpo
y asidero en días inestables;
aún huelo el frío que encerrabas en tus palmas,
mi abrigo gigantesco,
sosiego cálido en mis miedos infundados.

La memoria,
enemiga atroz,
me tortura con tu sombra y tu recuerdo.



Agosto 2017





Fotografía: María José Gutiérrez Sánchez