Llegué ausente de mi,
vacío de carne y de palabra,
pretérito imperfecto,
mudo de ideas y conceptos.
Me alimentaste de verbo
y de futuro subjuntivo,
y yo, que nunca antes
había probado bocado,
lamí los frutos de la lengua sabia
y me encadené aquí
expuesto al aire de la critica
oxidando lo poco que queda de mi
con miradas ácidas.
Y me indujiste a hablar,
con la destreza del sensato
una lengua para mi abstracta
y aprendí a pronunciar mi nombre
marcando tildes donde tu ordenabas.
Aún no domino tu lenguaje,
pero fuiste tú,
quien me enseñaste
a olvidar los trazos de tiza
y a escribir con tinta de lógica.
Al despertarme de aquel sueño,
ahora me debes la constancia.
ahora me debes la constancia.
Si no vuelves,
beberé la savia de las flores,
y me alimentaré del sonido de la lira
y mi voz se volverá empalagosa
con la irrealidad de la melaza,
y criaré unicornios con el pasto
de las formas y el individualismo.
No puedes marcharte,
son tres los puntos equidistantes,
pues yo asesino ángeles
cuando abro la bocaza,
y cierro los poemas
con un verso rotundo.
Fotografía y poema: María José Gutiérrez

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