“al querer al amigo
quieren su propio bien, puesto que cuando alguien bueno se convierte en amigo
querido, se convierte en un bien para aquél que lo quiere. De modo que uno y
otro quieren su propio bien, y se recompensan recíprocamente por igual. En
efecto, se dice que la amistad es igualdad, lo cual se da sobre todo en la
amistad de los buenos” (ib., 32-36).
Aristóteles
Llegó alada,
extraña,
impropia de allí,
extranjera,
planeando tierra incrédula,
con su vuelo descansado
de amor y de virtud.
En la atardecida, sobrevoló
el halcón la desértica planicie,
poseedor del códice
sobre el vuelo de los pájaros
adivinó erial de campo santo;
planeador sagaz del horizonte
la exigió perenne y habitable.
Hirió la tierra al halcón
ignorando el batido de sus alas,
erró impulsando aire contra viento
entre dubitativas corrientes,
quiso enmendar la ruta de su vuelo
intentando demostrar que su futuro
no estaba en manos de sus enemigos.
Debe al halcón
el árbol de la savia nueva
desde donde habitaba vigilante
la sombra de su estampa
en lo alto del otero
y ese trueno que retumbaba por las tardes
conminando su existencia.
En la amanecida, se mostró
colibrí inquieto de la rama,
pájaro alentador del alma
de la flor del alcornoque,
extractor de su néctar
libando el jugo de la duda
ofrecida al dios de la paciencia.
Hirió al ave agradecida
intentando acallar los trinos
del séquito de voces
que le piaban pájaro de un día,
erró rogando inmortalidad a su canto
pues en momentos de lucidez
tierra entiende el silbo de los pájaros.
Debe al colibrí
el aire festivo de sus alas,
el arco iris de sus plumas,
el parche brillante
que fluye en su garganta
y esa insistencia de ternura
que le sostiene en constante movimiento.
Tierra virgen y equivocada
creyéndose gobernada
vio caridad en lo perfecto
rompió el símbolo con el grito del silencio
y ahuyentó a las aves de sus pastos,
que nunca antes tuvieron fundamento.
Y la luna, por inercia, se hizo nueva.

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