Inmune al castigo de la vida vive
el Campo.
Grande, en su nobleza remarcada
por la romántica costumbre que los
hombres
fueron dejando, día a día, en sus
entrañas.
Grande, en su espesura,
gobernada por esa luz de verdes
pinceladas
nacida de las risas de los niños,
del aroma a canela de un barquillo
o por los pasos perdidos
que nos llevan,
a los nacidos de estas áridas tierras,
a contemplar las costumbres
insulsas de los patos
como milagros sorprendentes de la
vida.
¿Quién no beso un amor o espanto un
pájaro?
¿Quién no navego en un barco hacia
una isla?
¿Quién no se adentró en una selva
tras un pavo?
¿Quién no vio una imaginaria
ardilla?
¿Quién no ascendió por una cascada
y dejo el eco de su nombre
en el recuerdo eterno de la gruta?
¿Quién no vio en la cueva del estanque
a la malvada bruja?
¿Quién, de los nacidos de esta
tierra,
no fue poeta una mañana de domingo
sentado en un banco de madera
y a las orillas de un estanque
bendecido por el refugio del
murmullo eterno de las horas?
Fotografía: María José Gutiérrez Sánchez
Detalle Campo Grande de Valladolid

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