en las horas del ocaso,
última fuerza del Temple,
a Infante está aguardando.
Lloraba Rodrigo de Yáñez,
quién con derrotado paso,
desgastando está la piedra,
del castillo al entregarlo.
Altivo en las doce torres,
estandarte ondea izado,
en las almenas de puerta,
el pendón enarbolado.
Llegado ahora el momento,
de arriar, por deber forzado.
Con último gesto ordena,
el declive de lo amado.
La derrota es tan terrible,
que paraliza su mano,
de su cruz roja del pecho,
última fuerza ha manado.
Mientras su emblema desciende,
su orgullo se va limando,
sus ojos miran al suelo,
nadie podrá ya elevarlos.
¿Quién defenderá al pobre,
al débil y al ultrajado?
La rabia le arde por dentro,
y le oprime su legado.
Levantó su vista al cielo,
ahora de la cruz falto,
y con furor de Maestre,
levanta el puño gritando:
¡Honrad a la Bella Enseña,
como honraron los templarios,
ceded al papa Clemente,
quién decidió olvidarlos!
¡Pues morir, no moriremos,
mientras un solo templario,
conserve cruz en el pecho,
de rojo sangre bordado!
Junio 2016
Junio 2016
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