miércoles, 1 de noviembre de 2017

MUERTE DE UN POETA




Mañana plomiza, de frío enero,
contemplaba el mundo un viejo jilguero
posado en la tapia del cementerio.

Dulces palabras de amores férreos
cantaba una voz detrás de un sombrero,
bajo custodia de cantor experto.
La negra silueta cava agujero,
el suelo viola para crear hueco,
a la madre tierra pide respeto
albergue siempre los eternos huesos.

Nadie menciona ni un solo recuerdo
del hombre perdido, pálido y muerto.
Nadie se acuerda de su paradero.
Desmayada, una flor color de lienzo,
descansa dormida sobre el féretro.

Cesa su trabajo el sepulturero
al oír pasos llegar desde lejos.
Vuelve la mirada hacia el bosque negro,
algo le perturba en el gris del cielo.
Nunca en sus años hubo ese silencio,
nunca en tantos años velo así duelo.

Sigue su trabajo el sepulturero.
De los árboles fluye un humo espeso,
“algún campesino quemando helechos”.
La nube cubre todo el cementerio
vistiendo neblina al día sereno.
El hombre que cava usa su pañuelo
como máscara que alivie su pecho.
Ojos llorosos pierden el certero
mover de pala que ahonda terreno.
Último grito debió ser lamento,
que de entre la niebla lloraba el viento,
desplomado rueda con torpe gesto.
En monte santo junto al bosque negro,
yace taciturno el sepulturero.

Vida se despide entre los enebros,
voces que cantan al poeta muerto.
Vagan las musas en triste cortejo,
viudas recitando dolidos versos,
que compuso un día el rapsoda viejo.
Una voz reclama un poema al cielo,
susurro amarrado al lírico gesto
de torpes sabios o de listos necios,
que en desveladas noches compusieron
métricas frases hacia el firmamento.

Grupo de gentes vienen socorriendo
al enterrador que desprende miedo.
Gritan al eco del limpio féretro:
“Alguien se ha llevado a este pobre muerto”.

En monte santo, junto al bosque negro,

gana su jornal el sepulturero.

2017
Fotografía: Museo de Escultura de Valladolid
Poema y Fotografía: María José Gutiérrez

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