Mañana
plomiza, de frío enero,
contemplaba
el mundo un viejo jilguero
posado en
la tapia del cementerio.
Dulces
palabras de amores férreos
cantaba una
voz detrás de un sombrero,
bajo
custodia de cantor experto.
La negra
silueta cava agujero,
el suelo
viola para crear hueco,
a la madre
tierra pide respeto
albergue
siempre los eternos huesos.
Nadie
menciona ni un solo recuerdo
del hombre
perdido, pálido y muerto.
Nadie se
acuerda de su paradero.
Desmayada, una flor color de lienzo,
descansa
dormida sobre el féretro.
Cesa su
trabajo el sepulturero
al oír
pasos llegar desde lejos.
Vuelve la
mirada hacia el bosque negro,
algo le
perturba en el gris del cielo.
Nunca en
sus años hubo ese silencio,
nunca en
tantos años velo así duelo.
Sigue su
trabajo el sepulturero.
De los
árboles fluye un humo espeso,
“algún
campesino quemando helechos”.
La nube
cubre todo el cementerio
vistiendo
neblina al día sereno.
El hombre
que cava usa su pañuelo
como
máscara que alivie su pecho.
Ojos
llorosos pierden el certero
mover de
pala que ahonda terreno.
Último
grito debió ser lamento,
que de entre
la niebla lloraba el viento,
desplomado rueda con torpe gesto.
En monte
santo junto al bosque negro,
yace
taciturno el sepulturero.
Vida se
despide entre los enebros,
voces que
cantan al poeta muerto.
Vagan las
musas en triste cortejo,
viudas
recitando dolidos versos,
que compuso
un día el rapsoda viejo.
Una voz
reclama un poema al cielo,
susurro
amarrado al lírico gesto
de torpes
sabios o de listos necios,
que en
desveladas noches compusieron
métricas
frases hacia el firmamento.
Grupo de
gentes vienen socorriendo
al
enterrador que desprende miedo.
Gritan al
eco del limpio féretro:
“Alguien se
ha llevado a este pobre muerto”.
En monte
santo, junto al bosque negro,
gana su
jornal el sepulturero.
2017
Fotografía: Museo de Escultura de Valladolid
Poema y Fotografía: María José Gutiérrez

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