La tarde,
monótona e impropia de mí,
trae viento con gritos de otros.
No alcanzan sus voces
a darle sentido a sus palabras.
Congruente sirvo el té amargo
a mis variables hermanas.
A mi derecha, Indiferencia.
Ojerosa insomne, que aún espera,
se cumplan las promesas.
A mi izquierda, Cobardía.
Quien se ha vestido hoy con las enaguas
tejidas con los miedos de mis padres.
Y acurrucada en un rincón esta Esperanza,
la más niña, ingenua y cándida.
Afuera, un cielo azul apático de lluvia
y una tierra cansada de absorber agua de mentiras.
Los arboles antiguos aún están erguidos,
sin raíces que pueblen el subsuelo
dejan caer ahora sus hojas tardías
en este verano extraño e interminable.
Suspiro e intento entretenerme
contemplando a los peces del acuario
quien orgullosos enarbolan sus colas de colores
como si de ello dependiera su existencia.
Esgrimen su armamento con coraje,
efímeras burbujitas de aire,
que al segundo se deshacen en la calma.
Coléricos intentan dominar su territorio,
que ellos ven infinito e inalcanzable.
Desde la perspectiva del afuera,
la fina línea entre el aire y el agua
es solo una frontera inexistente
en un viaje sin retorno hacia la nada.
Entretenidos en agitar las aguas en su guerra,
esperan el maná que cae de un cielo
de divina mano procedente.
La noche llegará cuando se acaben las palabras,
vigía, me mantendré despierta,
velando por si llueven todas las razones
con el vigor que arrastra la tormenta.
Intentaré poner mi casa a salvo
del torrente de viejas deudas y rencores.
No se puede poner diques a mares
pues nacen de ríos que no nos corresponden.
Mis peces bobos defecan en el agua
donde luego flota su alimento.
Debí adoptar unas tortugas,
pues son seres de resistencia milenaria.
monótona e impropia de mí,
trae viento con gritos de otros.
No alcanzan sus voces
a darle sentido a sus palabras.
Congruente sirvo el té amargo
a mis variables hermanas.
A mi derecha, Indiferencia.
Ojerosa insomne, que aún espera,
se cumplan las promesas.
A mi izquierda, Cobardía.
Quien se ha vestido hoy con las enaguas
tejidas con los miedos de mis padres.
Y acurrucada en un rincón esta Esperanza,
la más niña, ingenua y cándida.
Afuera, un cielo azul apático de lluvia
y una tierra cansada de absorber agua de mentiras.
Los arboles antiguos aún están erguidos,
sin raíces que pueblen el subsuelo
dejan caer ahora sus hojas tardías
en este verano extraño e interminable.
Suspiro e intento entretenerme
contemplando a los peces del acuario
quien orgullosos enarbolan sus colas de colores
como si de ello dependiera su existencia.
Esgrimen su armamento con coraje,
efímeras burbujitas de aire,
que al segundo se deshacen en la calma.
Coléricos intentan dominar su territorio,
que ellos ven infinito e inalcanzable.
Desde la perspectiva del afuera,
la fina línea entre el aire y el agua
es solo una frontera inexistente
en un viaje sin retorno hacia la nada.
Entretenidos en agitar las aguas en su guerra,
esperan el maná que cae de un cielo
de divina mano procedente.
La noche llegará cuando se acaben las palabras,
vigía, me mantendré despierta,
velando por si llueven todas las razones
con el vigor que arrastra la tormenta.
Intentaré poner mi casa a salvo
del torrente de viejas deudas y rencores.
No se puede poner diques a mares
pues nacen de ríos que no nos corresponden.
Mis peces bobos defecan en el agua
donde luego flota su alimento.
Debí adoptar unas tortugas,
pues son seres de resistencia milenaria.
Precioso
ResponderEliminarGracias Karol.
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